El callejón del lagarto azul

Por Juan Cabezuelo.
Relato publicado en la antología "Horror Bizarro" de la Editorial Cthulhu. en 2017.




Me apoyo contra la pared. Al fondo puedo ver a dos individuos de edad avanzada junto a una improvisada hoguera de basura y desperdicios. Beben de un cartón de vino y ríen a carcajadas. Sus pertenencias se amontonan en pequeñas bolsas de plástico cerca de un carrito de la compra abandonado. Los miro con atención, igual que uno de esos capullos que se esconden entre la maleza para observar a los pájaros.
   —¡Tiesa! —dice el más corpulento— La tengo tan tiesa que me va a reventar.
   —Pero si tienes casi setenta años —le increpa el otro entre carcajadas—. No se te levantaría ni aunque se te ponga delante Marilyn Monroe en pelotas.

Los dos viejos ríen envueltos en sus harapos. El hedor agrio y nauseabundo que desprenden, llega hasta mí sin problema. Se pasan el cartón de vino y mastican restos de comida descompuesta, sacada de entre la basura. Sus dientes cariados apestan tanto como la comida que ingieren.
   Unos pasos silenciosos se me acercan desde la entrada del callejón. Una silueta avanza hacia mí en la oscuridad. No me muevo, tiro la colilla al suelo y la aplasto con la punta del píe mientras la observo. Una mujer pasa junto a mí sin inmutarse, obesa y tan vieja como los dos habitantes del callejón, enfundados en sendas bolsas de supermercado. Ella arrastra los pies creando surcos entre la basura del suelo. No lleva zapatos. Sus pelos, enmarañados y sucios, se le pegan a la cara impidiendo poder ver su rostro. El resto de su cabeza va cubierta con un andrajoso gorro de lana. Sorbe y escupe una flema cuando llega junto a los dos tipos.
   —¡Mira, hombre! —dice uno de ellos— tenemos compañía.
   —Tengo hambre —dice la mujer—, y frío.
   Se deja caer sobre los cartones que hacen de colchones improvisados. Su cuerpo, rollizo y fláccido, cuesta diferenciarlo de los montones de basura.
   —Vamos, cariño —le dice el más corpulento— ¿Por qué no eres un poco cariñosa con papi? ¿Sabes? Hoy tengo la polla más dura que el turrón de Alicante.
   —Tengo hambre —repite la mujer.

El hombre se sienta a su lado, mete la mano entre las ropas de ella y agarra uno de sus pechos. Con la mano libre la coge por la cabeza y la fuerza para que lo bese. Puedo ver como sus lenguas entran y salen de forma obscena y grosera de sus bocas. La mujer le agarra la cabeza con ambas manos, sus dedos se entrelazan con la mugrienta barba de él y se deja caer con él encima. El hombre le arranca ansioso la ropa. Después de quitar unas cuantas capas de tela logra dejar sus rollizos pechos al descubierto. Coge uno con ambas manos y se lo introduce en la boca. Puedo escuchar como succiona, sus ojos se inyectan en sangre de lujuria, su lengua se retuerce y gira alrededor del pezón regándolo con una saliva ácida y grumosa. Succiona de nuevo, como un gigantesco, peludo, sucio y grotesco bebé intentando amamantarse. Su obeso cuerpo es pálido, lleno de venas azuladas que serpentean y se retuercen entre la celulitis. Una capa grasienta y parduzca de suciedad la cubre por completo. El hombre escupe sobre el pecho. Un hilo de saliva une sus labios con el pezón de ella. Noto una erección, justo cuando logro las marcas de los dientes de él alrededor de su aureola mamaria. De un tirón le quita la parte de debajo de la ropa, los jirones de tela ruedan por el suelo hasta arder en la hoguera. La mujer gime y se abre de piernas. Un fuerte olor a orina de varios días y fluidos vaginales asciende hacia el cielo como si su alma se le estuviera escapando por el agujero del coño. Su enorme barriga cuelga a un lado dejando al descubierto diversos herpes cubiertos por una capa blancuzca y lechosa entre los pliegues. El viejo ríe a carcajadas mientras bebe del cartón de vino. El líquido chorrea por su barba embriagando a unos cuantos parásitos.
   —Vamos, tío, te lo está pidiendo, mírala... —dice—. Dale bien duro.
   El viejo más corpulento pone a la mujer a cuatro patas.
   —Mira esto —le dice a su amigo—. Seguro que nunca has visto nada igual.
   Hunde su cara entre las nalgas de la mujer. Incluso desde donde estoy puedo escuchar como lame y mordisquea el esfínter de ella. La mujer aprieta los dedos contra los cartones del suelo hasta destrozarlos. Sus gemidos se vuelven oscuros, violentos; no parecen humanos. Sus ojos enrojecen. De su boca y ojos chorrea un extraño moco azulado, sin embargo, los dos indigentes no parecen darse cuenta.
   Saca la cabeza de su culo y hurga nervioso en su bragueta hasta encontrar la polla; una polla erecta, amoratada y palpitante. La vieja inclina un poco las caderas invitando al hombre a penetrarla, su obesidad mórbida refleja grotescas sombras chinescas en las paredes. Su vientre roza contra el suelo. El hombre la penetra, se aferra a sus caderas clavando los dedos tan fuerte que se hunden en la carne y se pierden de vista. Se la clava con tanta fuerza que las enormes tetas de ella chocan entre sí aplaudiendo de forma salvaje. La mujer gime satisfecha. El hombre corpulento aúlla como un lobo y mira a su amigo.
   —Vamos, no seas idiota, ella puede con los dos.
   El otro hombre se acerca a la pareja, tímido, avergonzado...
   —¡Joder! —exclama—. No se me levanta desde hace décadas.
  El mendigo corpulento ríe mientras sigue follándose como un salvaje a la mujer.
  —¡No seas marica! —y vuelve a aullar alzando la cabeza a la luna.
  El otro hombre se desabrocha el pantalón y saca una polla pequeña y flácida. Mira a la mujer, desnuda y gimiendo enloquecidamente en ese putrefacto y mísero callejón, y se la mete en la boca.
  —Venga, mujer, chúpasela un poco a tu nuevo amiguito, a ver si así se pone contenta. —La coge del pelo hundiendo más y más su cara contra él—. ¡Sí, sí... ya noto como se me empina!

Los dos hombres envisten a la mujer presos de un extraño éxtasis. La mujer apenas puede gemir con la polla en la boca. Olor a orina, sudor macerado y excrementos acompañan a la escena. Deslizo mi mano sobre el pantalón y me froto mi propia erección. Mi polla palpita ansiosa bajo mis calzoncillos de mercadillo. La visión es dantesca, pero hay una fuerza oscura, como un canto de sirena, que me llama cada vez con más fuerza para que me una a la orgía. Apenas puedo resistirme.
   De repente, el viejo de la polla flácida empieza a gritar, berrea como un loco y golpea la cabeza de la mujer con todas sus fuerzas. El corpulento, sin dejar de embestirla jadea hasta correrse y sale de ella regando sus glúteos con un semen amarillento. El otro cae al suelo con las manos en la entrepierna, de entre sus dedos mana un chorro torrencial de sangre que tiñe de rojo todo a su alrededor. La mujer mastica algo, lo hace durante unos segundos y, al no poder tragar, escupe una masa cárnica y sanguinolenta en el suelo. El hombre se desmaya de dolor mientras el otro, todavía con semen chorreando de su polla, se acerca al bulto en el suelo.
   —¿Pero, qué coño...? —dice mientras coge con la mano la polla amputada, cubierta de sangre y baba azul, de su amigo y se la acerca a la cara para poder verla de cerca—. Mírala, sí parece un jodido lagarto azul —y vuelve a carcajear al mismo tiempo que rueda por el suelo en busca del cartón de vino.
   —Os lo dije —dice la mujer, con la cara ensangrentada, los ojos rojos y el mentón cubierto de su baba azul—, tenía hambre.

Salgo del callejón, busco la parada de autobús más cercana y me siento en ella. Saco del bolsillo el paquete de tabaco, me pongo un cigarro entre los labios y aspiro hondo. La mezcla de olores de la orgía se me ha pegado tan hondo en la garganta que ha creado un repulsivo sabor. Del interior del callejón me llega el grito del mendigo más corpulento, después, el silencio. Al rato sale la mujer, desnuda, llevándose las pertenencias de los dos tipos en el carrito de la compra. Entre los bultos se pueden apreciar un par de muslos humanos y algún brazo. Al pasar a mi lado me mira con sus ojos rojos y me hace un gesto lascivo con su lengua azulada. Vuelvo a tener otra erección. Siento que si me dejara llevar me la follaría aquí mismo, aunque sea una puta, vieja, sucia, pestilente y podrida pordiosera. Se aleja riendo, contenta porque durante un par de días tendrá carne fresca en su menú. Enciendo el cigarro, cojo una lata de cerveza que hay tirada en el suelo y me la acerco a la boca intentando sacar el resto que quede dentro. No sé quién habrá bebido de ella antes de tirarla, ni el tiempo que hará que está por los suelos, pero después de lo que acabo de ver, nada en el mundo volverá a darme asco. Miro hacia el final de la calle, exprimo hasta la última gota de la lata y la arrojo lo más lejos que puedo. Doy otra calada al cigarro. —Ojalá no tarde en llegar el puto autobús —pienso en alto.